Antes de nada: Pilgrís II ya está disponible en Amazon. Si decides leerlo y te gusta, por favor una reseña ayuda muchísimo. Comparto a continuación el porqué de mis libros.
Existen debates abiertos sobre la influencia que tiene la tecnología en nuestra inteligencia y nuestros procesos cognitivos. No me voy a extender ni a poner técnica, pero si me parece importante contextualizarlos.
El entorno digital está modificando la forma en la que prestamos atención, leemos y procesamos la información.
Sabemos que el llamado “efecto Flynn” —el aumento sostenido del CI durante décadas— parece haberse estabilizado o incluso invertido en algunos países. También sabemos que la multitarea y la exposición constante a estímulos fragmentados reducen la profundidad del procesamiento y afectan a la consolidación de la memoria.
La lectura rápida entrena el escaneo. Sin embargo, la lectura profunda entrena el análisis, la empatía y la abstracción. El cerebro cambia según cómo lo usamos.
Por eso, me parece muy relevante plantearnos cierta cuestión: ¿estamos preservando nuestra soberanía cognitiva? Soberanía cognitiva significa no delegar en la tecnología nuestra capacidad de concentración, de pensamiento complejo y de imaginación profunda, además de distinguir con criterio las herramientas que usamos y la forma en la que las usamos.
Ahora mismo el entorno favorece lo inmediato, lo fragmentado y lo simplificado, por lo que necesitamos, de manera deliberada, espacios donde la complejidad tenga lugar.
Espacios donde una historia no pueda diseccionarse en dos ideas simples y repetibles.
Donde existan capas, ambivalencias, ambigüedad y el lector tenga que participar activamente.
Para mí, escribir es una forma de ejercer esa soberanía. Vengo de una generación analógica en la que muchos productos culturales exigían una cierta densidad simbólica y narrativa. Asumían que el lector podía sostener varias capas de sentido al mismo tiempo.
Esa es la ambivalencia que siento al crear hoy: la sensación de que mis libros pueden parecer descontextualizados respecto a ciertas tendencias actuales, y al mismo tiempo la convicción de que su propuesta es necesaria.
En el caso de la colección Pilgrís, escribir historias surrealistas, con capas, humor absurdo e imaginación desordenada, es casi una apuesta contracultural.
Pilgrís no ofrece una narrativa lineal simplificada. Obliga a imaginar, exige atención activa, juega con lo absurdo y no subestima al lector. Parte de la idea de que algunos niños necesitan historias con capas; que el humor absurdo es una forma de inteligencia; que pensar de forma no lineal no es un defecto.
Muchos niños que “no encajan” piensan demasiado, sienten demasiado, se frustran con facilidad o imaginan escenarios absurdos. El surrealismo no les resulta extraño: les resulta natural.
Por eso escribí Pilgrís.
Porque la imaginación compleja necesita espacio.